Es fácil, que en una peregrinación haya tantas similitudes con la vida misma. Se va, paso a paso, caminando, coincidiendo con gente que entra en tu camino, gente que sale, gente que deja profundos recuerdos, vivencias de todo tipo, día tras día. Aparecen también ampollas y dificultades para andar, así como la lucha por seguir, por permanecer en el camino. Y la alegría y gratitud de seguir en él. Siempre hay algo que va tirando del peregrino, y que hace que se siga adelante, caminando hacia la meta, la plenitud. Igual en la vida misma.
Cada paso puede probar a cualquiera, especialmente cuando hay dolor en cada movimiento. Y el dolor pone a prueba la paciencia. Y la constancia. Aparece una sutil pero gran fuerza de voluntad. Y pronto uno descubre que no es el dolor, pero estas virtudes humanas, que dan el coraje para continuar caminando.
El corazón supera las limitaciones físicas. Pero, … ¿qué llena el corazón?
A menudo se dice que cada uno sigue su propia dirección. Pero caminando, uno encuentra que otros son como tú mismo. Parecidos problemas, parecidas limitaciones, parecidas cosas que cargamos, parecidos deseos.
Nuestros pies. Nuestro transporte. Es lo que nos lleva a cualquier sitio, y más aún en una peregrinación. Al menos en un sentido físico. Antes o después uno descubre distintos transportes. No los físicos, sino que es el alma quien realmente viaja. Los pies necesitan descanso, pero nuestra alma sigue caminando.